jueves, 30 de agosto de 2018

Norma. Del pánico al éxtasis. Y vuelta a empezar.


Lo siento entre mis dedos y no puedo dejar de dar vueltas. Camino desde el salón a la cocina, voy al dormitorio, regreso, contemplo el mar desde la terraza.
Mi mano rodea el vial, temerosa de dejarlo caer, con horror a que me lo arrebaten, aterrorizada de perderlo. Lo aprieto tanto que puedo romperlo.
Respiro.
Debo relajarme.
Pienso en ella. No quiero, pero la pienso.
Si doy este paso no habrá vuelta atrás. Siento el corazón en la garganta, batiendo con fuerza, avisándome del peligro, anhelando que la interminable espera acabe.
Voy a ir. Ella estará allí. Voy a verla de nuevo y no sé cuál va a ser su reacción. Ni la de las demás. Es posible que todo salga mal. Quizás todo termine para siempre.
Pero debo ir.
Estoy en el coche. El vial, a mi lado, en sitio seguro.
El viento en el pelo y las pulsaciones en los oídos.
“Su destino está a cien metros”, me informa la irreal voz del navegador.
Estoy llegando.

#REGRESOAETERNA

martes, 3 de julio de 2018

Ella sabe



¿Qué hemos de hacer? Educar no es fácil, pero si se trata de Alejandra, nuestra hija de cinco años, entonces la labor se convierte en una montaña rusa desconcertante.
A veces la miro y me pregunto qué puedo enseñarle si ella parece saber más que yo.
Porque Alejandra sabe.
Me mira con los mismos ojos avellanados de su madre y me pregunto qué piensa. Aunque casi prefiero no saberlo. Prefiero ignorar qué mundos visita, que seres invisibles le dictan el destino, qué clase de luz ilumina su sabiduría.
La adoro y la temo por igual.
Temo las afirmaciones inesperadas que salen de su boca, esos avisos que nunca son gratuitos, que siempre te sacan de la rutina a empujones.
El destino quiso que en algún momento de su gestación se rasgara el velo de Isis y ella aprovechó ese resquicio para ver más allá de lo común.
Nunca ha dejado de hacerlo.
¿Cómo podrá vivir con ese peso? ¿Cómo vamos a protegerla de las gentes hambrientas de futuro?
Quizás no deba preocuparme.
Quizás ella sepa.
Me mira. 
Me estremezco.
Ella sabe.
Regreso a Eterna.


miércoles, 2 de mayo de 2018

Patasarriba



Patasarriba. Así te deja la vida cuando menos lo esperas.
Te relajas, dejas de estar atenta a las pequeñas cosas, a los detalles más nimios; das por hecho que mañana te levantarás, te ducharás, desayunarás y te irás a trabajar después de haberle dado un beso a tu mujer. Tienes tan claro que todo seguirá igual…

Ilusa.

Tenías que haber abierto los ojos y mirado más.

Agarrado la vida con los dientes.

Hecho el amor por instinto.

Herido la piel a golpe de suspiros.

Asesinado la rutina.

Descuartizado el reloj.

Mordido el alma.

¿Habrá una segunda oportunidad?

Regreso a Eterna te lo cuenta.

Tras el verano.

domingo, 4 de marzo de 2018

Iduna, eternamente frágil


Ya no estoy segura de nada. Mis férreas convicciones se vinieron abajo como un castillo de naipes al soplo de tus labios. Creí tenerlo todo atado y resultó que mis cuerdas mostraban la fragilidad de la tela de araña: una trampa envolvente, aunque fácil de arruinar.
Tú me lo mostraste, tú derrumbaste los muros del castillo levantado sobre espuma.
Y ahora que mis ojos están por fin abiertos, ahora que ha llegado el momento crucial, que me atrevo a pensar en dar el paso, la burla del destino descarga un golpe certero y decide por mí.
Qué vana ilusión la del poder del tiempo en un mundo insaciable. La ambición se devora a sí misma. ¡Hay tanto por hacer!
Démonos la mano. Sabremos qué camino tomar.
Regreso a Eterna.

domingo, 11 de febrero de 2018

Soy Norma


Soy Norma, aunque no siempre lo fui. Viví mucho tiempo bajo un nombre enhebrado con mentiras, medias verdades y derrotas disfrazadas de laureles. 
Tracé un camino ciego pensado para la gloria, haciendo oídos sordos a lo que crujía bajo mis pies. No eran hojas secas arrastradas por el viento. Caminaba sobre las almas como sobre la arena cálida de la playa, dejando atrás un rastro de dolor y olvidos.
No siempre fui Norma. 
Ignoraba que las huellas de mis pasos iban tatuando una señal gemela en mi piel; un vestigio silencioso que iba calando hondo, atravesando células, huesos y tendones hasta llegar a mi garganta.
Cuando ya no pude respirar, desperté de este mal sueño. Ahora soy otra.
Quizás sea demasiado tarde. O tal vez no. Lo único que sé es que voy a redimir cada daño infligido ofreciéndome desnuda, entregándolo todo. Estoy dispuesta.
Ojalá ella me escuche. Ojalá lo sepa.
Regreso a Eterna.

domingo, 7 de enero de 2018

Soy Patricia. Y no quiero decidir.

Decisiones. ¿Por qué la vida está llena de decisiones? Quisiera quedarme aquí, con los ojos cerrados, notando el calor del sol en la cara, sintiendo este aroma a mar que me acerca la brisa.
Y no pensar. No quiero pensar.
Solo quiero disfrutar del placer que me otorga esta copa de vino que tengo en la mano. Y del silencio. Bendito silencio. No puedo permitirme volver a oír su voz. ¿Es mucho pedir?
No quiero recordar. ¿Por qué me obligan a recordar?
No quiero la responsabilidad de la vida de nadie entre mis manos. No puedo erigirme en heroína a costa de tanto. 
¿Por qué yo?
Solo deseo estar aquí, callada, sin acordarme de sus ojos, sin notar de nuevo su olor, que no me deja pensar en nada más.
Quiero quedarme aquí, sola, tranquila.
Me acojo al derecho a no decidir. Estoy harta de hacerlo. ¿Puedo no hacerlo? ¿Puedo seguir aquí, sentada, con mi copa en la mano, la brisa en el rostro y la mente inundada de ella?
No, por supuesto que no. Ya lo sé. No soy capaz de decepcionar a nadie.
Ya he llegado tarde para la paz, tarde para el olvido.
Me muero de ausencia.

Regreso a Eterna.

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Mi nombre es Gea. Y no quiero morir


Mi nombre es Gea. Y no quiero morir. Cada una de mis células está luchando contra el tiempo, a contrarreloj. Escucho sus latidos acelerados, agónicos, mientras contemplo los muros de piedra que se elevan hasta el infinito.
El sol. Esta mañana han entrado unos rayos débiles, titubeantes, derramando sombras alargadas. Ayer llovía.
Hace frío. Antes nunca tenía frío. 
Frío en la piel y frío por dentro. 
El frío de la abstinencia. El frío de su ausencia.
La desconfianza me salvó la vida, pero no era vida.
Hoy, que confío, me quedo sin tiempo.
Mis horas se reducen a esperar. Tengo la esperanza de que hoy venga, de que me diga otra vez que está a punto de lograrlo. 
Ya me da igual. 
Deseo que me toque, que me toque con sus ojos cargados de realidades distintas a lo que anuncian sus palabras. No dejo que me toque de otro modo. No podría soportar su compasión.
Pero necesito que siga tocándome así, con sus ojos; sus ojos que gritan la necesidad de volver a tenerme con mi rabia intacta, de volver a comerse la furia de mi cuerpo, de volver a saciarse con mi dulzura oculta. Ella,  la única que supo sacarla a la luz. 
Y ahora, no me queda tiempo.

Mi nombre es Gea. Y no quiero morir.
Regreso a Eterna.