martes, 7 de abril de 2015

El tiempo no existe


Me ha pedido que le siga y por fin se acomoda sin hablar en el borde de la balaustrada blanquísima que separa el Beso de Luna de la arena. Imagino que quiere estar cerca del mar. Daniela enreda su mirada avellana en la espuma que brilla unos metros más allá, donde la ola rompe. No obstante, sé que no ve el agua que lame las pisadas hasta borrarlas, no ve las diminutas partículas de tierra que se unen infinitamente para poner límite al océano, no oye el siseo que se produce en cada envite del oleaje leve. Tampoco percibe el olor que trae la brisa, un salado afrodisíaco que empapa el paladar y agranda las ansias.
Lo que ella contempla está por dentro.
De repente las primeras palabras brotan de su boca y ya no hay nada que las detenga. Está aterrada. El salto que pretende dar es demasiado grande. Se ha asomado a este mundo y su ritmo la supera. Ya nadie se mira a los ojos, son pocos los que conversan, dice. La gente vive atenazada a pantallas de distintos tamaños. La vida se les escapa a chorros. Todo transcurre entre prisas, entre citas, entre horarios que empaquetan el placer. Nunca hubiera imaginado que echaría de menos la espera interminable en las colas de abastecimiento. Por lo menos allí, mientras aguardan, las personas se comunican sus esperanzas y sus miedos.
—¿Y entonces? —le pregunto.
—No tengo otra opción —concluye con el rostro radiante.
Ese fulgor me hace entender que le compensa. Daniela me confiesa que cada vez que mira a Victoria el caos se detiene, la rueda arrolladora deja de girar y todo vuelve a mecerse con una cadencia sutil que sincroniza sus latidos. Cuando ella atrapa su mano, el movimiento se ralentiza hasta el punto de que puede percibir el pestañeo de sus párpados, sentir que sus labios se humedecen lentamente, ver cómo se separan para llamarla por su nombre. Es entonces cuando el estruendo de las sirenas se entremezcla con la música del teléfono móvil de alguien que pasa cerca; cuando el sabor de la achicoria se confunde con el aromático deleite de las cápsulas de una célebre marca de café; cuando los carteles de guerra se desdibujan para anunciar el estreno de una de las películas candidatas al Óscar. El tiempo no existe.

Mis noches en el Ideal Room lo demuestra.

1 comentario:

Adriana Carolina Medina dijo...

Me asombra que no haya ningún comentario ante uno de los mejores párrafos que he leído, la manera en la que Daniela habla de lo que le produce Victoria es como cuando ves una imagen en cámara lenta en uno de estos programas, en donde un Colibrí se acerca a tomar de la flor el fruto prometido y la imagen es tan lenta que logras ver el movimiento de sus alas que en realidad jamas podrías diferenciar "puede percibir el pestañeo de sus parpados.... simplemente ÉPICO¡¡¡ no sabes como se ha desarrollado esta descripción en mi cabeza :)