Hoy la lluvia no cesa.
El aire huele a moho, a añoranza, a un recuerdo impertinente que se cobija tras
las brumas del cerebro. Con el codo apoyado en el brazo del sillón, Mel entierra
los dedos en las mechas claras de su pelo mientras contempla el horizonte. A
través del ventanal se aprecia un mar embravecido, denso. Intuyo lo que está
pensando. Los reflejos dorados de su iris son tan oscuros como esta noche húmeda
que debilita la capacidad de razonar.
—¿Estás bien? —le
pregunto con tacto.
Tarda en responder,
agarra su copa y finalmente sus ojos se enfrentan a los míos.
—Sí —contesta escueta.
—¿Melancolía…?
—Tal vez.
—Lo comprendo. Hay
cosas que cuesta dejar atrás.
—Y no regresan.
—Pero algunas
permanecen y otras surgen.
Se calla de nuevo.
—Me has hecho pensar
mucho esta vez —me dice. Da un pequeño trago al sabroso vino que compartimos y aguardo
a que continúe—. Me he dado cuenta de lo rápido que pasa el tiempo, de lo fácil
que es dejar pasar las cosas significativas de nuestra vida.
—Así es.
—Has generado en mí la
avidez por saborear cada instante, por mimar los momentos. Cuando me miro al
espejo veo el minutero avanzando imparable.
—La única fórmula que
conozco para contrarrestar ese miedo es vivir, vivir intensamente.
—Me he dado cuenta.
Tras La
daga fenicia nada es igual…































