sábado, 8 de marzo de 2014

Ser mujer

Desde el reservado se ve el mar, esa gran presencia que forma parte de nuestras vidas aunque lo sintamos lejos. Observo la espuma que estalla en el preciso momento en que la cresta de la ola roza la arena. Y luego se la lleva, la mece, la acuna, la acaricia, la dispersa. Entonces tengo claro que se trata de un rito femenino, sensual, antiguo; un juego entre el agua y la tierra en el que dejan participar al viento, el gran cómplice. La mar. A partir de ahora es la mar.
Vuelvo la cabeza y veo que todos los ojos están posados en ella, como si yo las hubiera arrastrado hasta allí con la mirada. Y sé que durante esa contemplación están meditando lo que les he pedido, que nos cuenten su propia percepción del hecho de ser mujer. Sabéis que ellas siempre me responden.
 Al cabo de unos minutos, Mel, Carla, Eva, María, Patricia, Sara y Álex se ponen a escribir en un trocito de papel y luego lo introducen doblado en un cuenco que guardo como un tesoro entre mis manos. Yo hago mi propia aportación, por supuesto.
Inspiro hondo, saturándome del salitre que impregna el aire, doy un sorbo a mi copa de vino y comienzo a leer en voz alta los mensajes.

Soy mujer y soy fuerte, capaz de dar protección y seguridad.
Soy mujer y creo vida.
Soy mujer y soy digna, susceptible de admiración y respeto.
Soy mujer y soy sabia, doy soluciones para vivir, para crecer.
Soy mujer y soy tierna, puedo hacer sentir el amor a través de cada poro.
Soy mujer y soy conciliadora, detesto la violencia.
Soy mujer y soy sensible, soy capaz de captar las cosas más sutiles.
Soy mujer y soy inconformista, trabajo para que el mundo cambie.


FELIZ DÍA

miércoles, 26 de febrero de 2014

Encuentro con el pasado



Supe en aquel instante que sus ojos no creían lo que estaban contemplando. Pero sí, por fin estaba allí, en Chupanga, cumpliendo una promesa que debía haber ejecutado mucho tiempo atrás. Ella corrió hacia mí y me aprisionó en un abrazo que lo dijo todo. Desde ese momento dejé de oler la mezcla inconfundible de sudor, hoguera, comida y excrementos que componía el aroma propio del campamento de refugiados; dejé de contemplar el paisaje polícromo de las ropas, de las tiendas de campaña cubiertas con aquellos toldos azules que intentaban sin éxito protegerlas de la persistente lluvia; dejé de oír el ritmo de la marrabenta que fluía entre las miles de personas hacinadas; dejé de sentir la asfixia del calor y la humedad. En aquellos segundos tan solo fui consciente del cuerpo huesudo —y sin embargo exquisitamente sensual— de Sara.
Se separó de mí para observarme despacio, como si todavía dudara de mi presencia junto a ella.
—¡Estás aquí! —exclamó con su inimitable voz, la voz que fue protagonista indiscutible de Tras la pared; el sonido melódico y estremecedor que consiguió arrastrar a Patricia hacia aquellos parajes.

Había pasado tanto tiempo…
—Ya lo ves, te prometí que un día vendría a verte. Sigues formando parte de nuestra historia, de nuestra gran familia, Sara.
Los ojos profundos, oscuros, brillaban como mil lunas. Percibí el ligero temblor de sus labios y le cogí de la mano para que me lo enseñara todo, para que me mostrara la vida que había elegido lejos de Patricia, lejos de nuestro mundo complejo. Apartó la emoción que la embargaba para hacerme recorrer aquel territorio sembrado de tiendas de campaña y que conociera a sus gentes. Recuerdo que me presentó a cientos de niños cuyos nombres me iba a ser imposible recordar. Ella tiraba de mí por aquel suelo polvoriento consiguiendo que olvidara el cansancio que agarrotaba mis músculos, a fuerza de resistir treinta horas de vuelos y cuatro de caminos imposibles a lomos de un jeep destartalado. Pensé que Mozambique y Sara bien valían mil penurias.
Visitamos el edificio principal donde saludé al doctor Fuentes, el cual no pudo ocultar su sorpresa al verme. Sara me condujo finalmente hasta la pequeña casa de adobe que fue testigo de su despertar al amor. Me agasajó aquel día con la comida típica a base de harina de mandioca condimentada con salsa picante de la región. Mientras preparaba una infusión, le pregunté cómo estaba.

—Extrañamente feliz —dijo suspirando—, aunque todavía la echo mucho de menos.
No supe qué contestarle.
—¿Ella está bien? —se atrevió a decir.
—Sí —respondí, sin querer echar más leña al fuego.
Sara no insistió, pero sobre nuestro silencio sobrevoló sin duda el eco de una pasión que abrasaba el alma.

Mientras sorbía despacio el té, me dio por pensar en Irene, una amiga muy apegada a esas tierras y, sobre todo recordé a mi amiga Lisi, que adoraría celebrar su cumpleaños en aquella cabaña junto a nosotras, saboreándolo todo.

domingo, 2 de febrero de 2014

La daga fenicia: el viaje

Aquel día hacía un viento gélido que se metía bajo la piel para quedarse. Me acomodé en el asiento del copiloto del Mustang y ella arrancó como si le fuera la vida en ello. Por el retrovisor vi alejarse como un suspiro la entrada del Beso de Luna y contemplé por el rabillo del ojo cómo su melena caoba volaba hacia atrás por la tracción. Iduna no era mujer de muchas palabras; accionó el ipod y dejo que Tracy Chapman se encargase de llenar los silencios. Desde luego, no dudó en traspasar todos los límites de la velocidad permitida. En su descarga puedo alegar que en aquel momento el camino estaba prácticamente desierto, por lo que en poco más de una hora alcanzamos nuestro destino. Solo diré que a cualquier otra persona le hubiera costado el doble. No obstante, decidí dejarme llevar sin abrir la boca. No era tiempo de vacilar, precisaba ver con mis propios ojos lo que iba a mostrarme.
—Vamos —dijo saliendo al frío de la noche.
Fui tras ella apretando los brazos contra mis costados, aunque podía notar que el helor traspasaba mi abrigo. Mientras Iduna abría el maletero y sacaba un par de mochilas pequeñas, elevé la vista y me enfrenté de golpe con los tejados inclinados, el yeso rojizo, los balcones de madera, las rejas de forja y, por encima de todo aquello, el olor dulzón de la madera quemándose en los hogares. Estábamos en Albarracín. Me condujo hasta la entrada de una casa de tres plantas, cerca de la plaza Mayor. En cuanto la traspasamos, se dio la vuelta hacia mí y extrajo una cazadora acolchada de su bolsa.
—Quítate el abrigo y ponte esto.
Le obedecí sin rechistar y ella abrió la puerta de la primera planta para dejar mi gabán sobre una silla, en lo que parecía el salón de una vivienda rústica. A continuación me indicó que la siguiera y descendimos un tramo de escalones hasta el sótano.

Así comenzó el viaje que fue alimentando La daga fenicia. El resto, ya es historia…

sábado, 4 de enero de 2014

La daga fenicia: el inicio.

Me coge de la mano y sé que desde ese preciso instante mi voluntad queda anulada. No tira de mí exactamente, es más bien un cosquilleo en la palma lo que me obliga a ir tras sus pasos, con los dedos cosidos a los suyos, la piel en perfecta simbiosis. Desconocía que el Beso de Luna tuviera aquella parte escondida, oculta a ojos profanos, a la que ella me acaba de conducir. Me siento incapaz de reconocer si el espacio es de dimensiones enormes o reducidas, tal es la oscuridad que reina en el lugar. Ella susurra con voz profunda y vibrante “cierra los ojos” y yo me estremezco sin comprender la necesidad de aquel gesto, pues parpadeo sin éxito para librarme de la negrura que me rodea. No obstante, Iduna insiste.
—Cierra los ojos y abre la mente. Confía en mí.
Como si pudiera hacer nada distinto, me digo, sonriendo por dentro con el fin de desprenderme del temor que ha ido naciendo en una parte rebelde de mi cabeza. Ella lo sabe, estoy segura, y en ese momento aumenta la ligera presión en mis dedos. La minúscula acción me lleva sin remedio a obedecer y es entonces cuando la siento dentro de mi cerebro derramando imágenes que contemplo con los párpados caídos y los poros abiertos. Uno tras otro van desfilando sus secretos por mi alma dejándola acolchada, caliente, madura y hambrienta. Tras unos segundos, noto un leve impulso que me conduce de nuevo al Beso de Luna que conozco, al olor de los velones y el salitre, al suave compás de la música, a la luz acogedora de sus pérgolas.
Me suelta la mano y observo mi reflejo en aquellos ojos grises moteados de misterio. Un soplo de brisa retira su melena caoba hacia atrás, dejando la serenidad de la comprensión al descubierto.

Este encuentro que os narro ocurrió hace un tiempo que, aunque no muy distante, a veces siento lejano, como si varios siglos me separaran del inicio. Ella me incitó a contar su historia, aunque siempre quedarán en lo más profundo de mi mente algunos secretos que me reservo y acuno como un tesoro. Si os adentráis en La daga fenicia conoceréis aquello que me fue permitido transmitir. En vuestra mano está descubrirlo. Espero que el hallazgo otorgue una perspectiva especial al nuevo año que disfrutamos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La daga fenicia o el vértigo


“Sometimes I feel I’ve got to, run away I’ve got to, get away…” La voz de Karen Souza con su sensual versión de Tainted Love aletarga el ritmo de mis pasos, provocando un sonido hueco y perezoso contra el empedrado del Beso de Luna. Al final del sendero, junto a la pérgola más apartada, descubro a una belleza de rasgos exóticos —mezcla de la sangre caliente de india cherokee e indonesio— que me observa con mirada analítica mientras se lleva una bebida a los labios.
—Siento la tardanza —le digo acercándome para besarla en la mejilla. Ella se inclina con el fin de facilitar un contacto que, debido a su elevada estatura, no es tarea fácil.
—No te preocupes, este ambiente es agradable y solo llevo unos minutos esperando.
—Veo que has pedido un vino excelente —comento, señalando con un gesto la botella alojada junto a una copa vacía que, sin duda, está deseando ser utilizada.
Al tiempo que me sirvo un poco del líquido oscuro y aromático, Hebe —que así se llama mi acompañante de esta noche— se recuesta en la hamaca entre mullidos cojines. Me observa despacio desde unos ojos oscuros como una sima; unos ojos que encierran enigmas indescifrables.
—Intuyo que hoy te apetece hablar del riesgo —me dice sonriendo levemente.
Contemplo el par de piernas larguísimas que tengo ante mí y me digo que, efectivamente, el riesgo debe de convivir segundo a segundo con ese cuerpo de curvas poderosas.
—En realidad de lo que quiero hablar es de tu pasión por ese riesgo.
—Qué quieres que te diga —se ríe—, la adrenalina es una de las drogas que más ansía mi cerebro y eso lleva aparejado ciertos peligros. Bueno, la adrenalina y ese otro ingrediente que ya conoces…
—Por supuesto —afirmo, llevándome también el vino a los labios. La madera y las especias de aquel caldo excelente me invaden el paladar insuflando placer a cada una de mis células. Cierro los ojos y un sonido de goce involuntario se escapa de mi garganta. Ella inclina la cabeza y se relame con una expresión que no me atrevo a transmitir.
—Sé que más de una persona habrá disfrutado del vértigo que encierra La daga fenicia —declara con voz algo ronca, como si un recuerdo se hubiera asomado de improviso a su mente.
—No me cabe la menor duda, solo tienes que escuchar los comentarios que surgieron en nuestro encuentro en Valencia. ¿Quieres ver el video? —la provoco.
Sin esperar su respuesta, me acomodo junto a ella, obligándola a centrar su atención en la pantalla del ipad que extraigo de mi bolso.
Y vosotrxs, ¿os apetece echar un vistazo al encuentro del pasado 15 de noviembre? Salieron a la luz muchas cosas. Abrid el vino…

jueves, 28 de noviembre de 2013

Reflexiones tras La daga fenicia


Hoy el viento brama, preñando el aire de partículas húmedas que erosionan los rostros y enredan las palabras. Armadas con sendas copas de vino, Patricia y yo afrontamos el reto caminando junto al borde de la balaustrada que separa el Beso de Luna de un paseo marítimo desnudo, irreconocible.
—Cuando el mar se encabrita es difícil sustraerse a su embrujo, ¿verdad? —grito para hacerme oír por encima del estallido de las olas.
Ella, abrazando con fuerza la gabardina que estira un poco más su alto porte hacia un cielo manchado de luces diminutas, derrama la mirada en la playa y se regala unos segundos antes de responder.
—Cuando ruge así me dice muchas cosas.
—¿Vas a revelarme alguna de ellas? —sugiero, obligándola a centrar su atención en mí.
No soy capaz de atrapar los matices que bailan en esos dos círculos cautivadores: el verde de las aguas que se pierden en abismos insondables, el gris plateado del astro que destapa nuestras noches, el ocre de las hojas rendidas al otoño.
—¿Qué quieres que te diga?
—Si has tomado una decisión —contesto, haciendo un esfuerzo para huir de sus ojos.
—Dímelo tú, seguro que ya lo sabes. Siempre lo haces.
—Me importa tu opinión. Es lo único que cuenta.
—¿Hace falta que lo haga en este momento?
—No. Tenemos tiempo, aunque nuestrxs lectorxs ya conocen de qué estamos hablando y esperan…
—Vamos dentro, hace frío.
Abandonando la imagen hipnótica de aquel Mediterráneo enfurecido, sincronizamos nuestros pasos hacia el reservado más próximo. Dentro de un cubo acristalado, un pequeño círculo de llamas irradia olas de calor convirtiendo aquel rincón del jardín en un lugar cálido, envolvente. Solo cuando nos hemos acomodado entre los cojines Patricia vuelve a retomar la conversación.
—No es nada fácil lo que me preguntas —dice con voz grave tras paladear el último sorbo de vino.

—Lo sé perfectamente. Te ayudaré a tomar tu decisión.
—Como siempre.
Una sonrisa equívoca nace en la comisura de sus labios, aunque su voz deja traslucir las brumas internas que ambas conocemos.
—Sabes, esta última aventura ha dejado a tus fans con ganas de más. De mucho más —comento suavemente.
—Me alegro por ti. Estoy segura de que les concederás lo que ansían —afirma con cierto destello en la mirada que no me atrevo a interpretar.
—El mérito será vuestro, sin duda.
Ella me observa en silencio, meditando quizás una respuesta adecuada. Robándole la oportunidad de una réplica, continúo.
—Quiero que veas lo que ocurrió en Barcelona cuando fuimos a contar nuestra común aventura. Traigo el vídeo —le digo, mostrándole la pantalla del ipad que llevo conmigo.

También vosotrxs podéis asomaros…

domingo, 27 de octubre de 2013

Alejandra y La daga fenicia


Contemplo embelesada ese par de faros que son sus ojos oscuros, limpios, sin duda heredados de Carla y de su abuela. No puedo ignorar que su mirada inocente encierra mucha sabiduría. Ella sabe cosas que los demás ni siquiera nos atrevemos a intuir. Sentada sobre las rodillas de Mel, no deja de observarme mientras sorbe con fruición un batido de fresa.
—Cuando habéis entrado se ha armado un buen revuelo en El Beso de Luna —digo mirando a Carla, acomodada junto a ellas.

—Sí, todas las chicas se han acercado a besarla —responde con la cara iluminada de ternura. Sus ojos muestran un brillo especial y le otorgan un plus de belleza.
Y es que eso es lo que rezuma de nosotrxs cuando la tenemos cerca: ternura. Alejandra, con poco más de tres años, nos ha robado el corazón desde que se dio a conocer en el vientre de su madre.
—¡Por cierto, qué nervios! —exclama Mel.
—Desde luego. La última aventura, La daga fenicia, está ya en la calle y es hora de saber qué piensan nuestrxs lectorxs. ¿Cómo os encontráis vosotras después de todo lo que ha ocurrido?
—Ha sido una experiencia muy desconcertante. De hecho, todavía nos hacemos multitud de preguntas —interviene Carla.
—Hubiéramos querido conocer a fondo cada detalle pero, como siempre, te has reservado los secretos más interesantes. Aunque tú tienes las riendas y lo entiendo —me acusa Mel con una sonrisa socarrona.
Nuestra amiga de ojos ambarinos intenta provocarme sabiendo que el juego me estimula. Sin embargo, yo evito caer en su trampa.
—Os lo contaría todo si pudiera, pero debo protegeros.
—¿Hasta cuándo viviremos en esa incertidumbre?
—No lo sé. Puede que algún día no muy lejano lo sepáis todo. Me lo estoy planteando.
—Nos gustaría —replica Carla. Su mirada hiere como la propia daga.
—Lo comprendo. ¿Vais a venir a Barcelona conmigo?
—Por supuesto. Ya hemos reservado el hotel. Vamos todos. No nos perderíamos la entrega de ese premio por nada del mundo.
—Lo cierto es que vais a todas partes conmigo y me encanta.
—No te librarás de nosotras tan fácilmente —señala Mel, guiñándome un ojo con un gesto muy seductor.
—Ni lo intentaría —respondo con una sonrisa cómplice.
En ese preciso momento, la niña se escapa de los brazos de su madre para acercarse a mí y susurrarme algo al oído.
—No te preocupes, esta aventura les va a encantar —me dice con esa vocecita que invita a estrecharla contra el pecho. Y eso hago.
Ojalá la percepción extraordinaria de este ángel enviado para engatusarnos sea la correcta. Hasta ahora nunca ha fallado. Pronto lo sabremos.