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viernes, 14 de agosto de 2015

Viaje a Eterna



Estoy tendida, apoyada sobre los codos en la orilla de un lago artificial de aguas sorprendentemente cálidas, mientras observo con fascinación el oleaje que me acaricia. Cincuenta metros más allá se vierte una cascada desde lo alto del muro. El torrente, al estrellarse contra la superficie cristalina, hace surgir una estela de ondulaciones que alcanzan la orilla opuesta. Me maravilla la pared de la cual mana el agua; tiene tal apariencia  natural que nace en racimos la vegetación entre sus resquicios.

—¿Te gusta?—me pregunta Iduna siguiendo el curso de mi mirada.

—Es increíble.

Al girar la cara mis ojos resbalan sobre la piel húmeda de su abdomen; piel tersa, bronceada, adherida a una potente musculatura. Después alzo la vista para toparme con dos iris grises que esconden una pregunta obvia. Ella aguarda noticias de Patricia. Lo sé. Por eso soy su invitada de honor en esta ciudad en la que todas me miran, convertida en elemento discordante dentro de un mundo donde nadie parece tener más de veinte años. Pero la mujer pelirroja es consciente de que voy a hacerle esperar, de que nada es fácil si hablamos de amor, de confianza, de vida y de muerte. De libertad.

A una señal suya se aproxima una camarera de rasgos felinos portando un cóctel impactante, carmesí.

—Pruébalo —me sugiere con esa ronquera suya que paraliza el pulso.

—¿Me puedo fiar?

—¿Y tú lo preguntas?

Decido beber. La vida está hecha de decisiones de las que no podemos escapar. En el mismo instante en que el sabor metálico inunda mi boca me pregunto si hoy la luna estará plena. Sé de repente que mis latidos se van a disparar, que una fuerza irresistible va a apoderarse de mi voluntad, que mi percepción se tornará borrosa y acabaré perdiendo la presencia.

Tan solo espero tener conciencia de mí misma a la vuelta.

Tan solo espero no hallar el tatuaje de La dagafenicia en algún punto de mi cuerpo.

Tan solo espero que ella me deje marchar.

lunes, 22 de junio de 2015

Bendito solsticio



El solsticio de verano nos ha traído la mansedumbre de las horas muertas, los ojos entornados, suspendidos en un punto brillante sobre las olas. Los cócteles enfrían el ardor y vuelven el diálogo fluido. El Beso de Luna huele a mar, a jazmines, a pieles lubricadas tras la exposición solar. Pero este verano también nos perfuma de otras cosas; la brisa arrastra aroma a libertad, a esperanza, a orgullo.
Mel y Carla comparten una mirada cómplice que es la antesala de un beso.
Eva entrelaza firmemente sus dedos con los de María y ésta reposa los rizos en su hombro. 
Ante la balaustrada que aísla el local de la playa, Álex y Marcello, cogidos por la cintura, observan ensoñadores el reflejo de la luna en el agua negra. 
Iván y Fran se sientan muy juntos, muslo con muslo y elevan sus copas con una secreta promesa que solo ellos conocen.
Patricia mira su reloj una vez más y al levantar el rostro se encuentra de golpe con los ojos grises de Iduna. La sonrisa le nace sin pedir permiso. Dijo que vendría y lo ha cumplido. La pelirroja le tiende la mano, Patricia acepta el contacto con un estremecimiento. La otra tira de ella y se la lleva por el sendero empedrado hacia un destino incierto.
En un rincón apartado, encerradas en su burbuja candente, Victoria y Daniela se besan ajenas al mar, a la música, a los aromas y al febril tumulto de las pieles en ebullición.
Desde un punto privilegiado lo observo todo y el corazón se me dilata un poco más. Mi cerebro se llena de jazmín, de salitre, de besos susurrados, de deseo incontenido. De verano.
—Bendito solsticio —digo en voz alta antes de beber de mi copa.
Nadie escucha y me encanta.

miércoles, 29 de abril de 2015

Creemos un momento histórico

Esta noche me emociona. Hacía mucho tiempo que no las veía juntas. Las echaba de menos. 
Como si la naturaleza fuese consciente de este hecho, un embriagador perfume de azahar flota en cada rincón del Beso de Luna. Es un presagio excitante.
—¿Notas la fragancia, Mel?
—¡Imposible no hacerlo! Y eso que Carla no está cerca… Tengo todo el vello erizado.

—¡Como si la distancia fuese un problema! Esa hechicera sabe cómo llegar a ti aunque esté al otro lado del planeta —suelta Eva con sorna.
—¡Oye, que estás hablando de mi mujer! —protesta Mel lanzándole un posavasos.
—¡Sabes que es verdad! —se defiende Eva riéndose.
Victoria las observa sorprendida sin saber a ciencia cierta de qué están hablando.
—¡Haya paz! —interviene Patricia, sonriendo.
—¡Mira quién pide paz, la mayor lianta del grupo! —ataca Eva de nuevo.
—Pues tú bien que te apuntas a todo... —contraataca con sutileza Patricia.
Esta noche muestra un brillo excepcional en esos ojos color esmeralda que llevan a todo el mundo de calle. Me encantan las pullas que se lanzan todas cuando están juntas. Victoria no sabe cómo reaccionar. Todavía no las conoce. Le explico que es un juego que las divierte precisamente porque se adoran. Las dificultades, en lugar de haber establecido distancia entre ellas, han conseguido unir todavía más a la familia. Porque en eso se han convertido, en una familia.
La camarera nos trae uno de los mejores vinos de nuestra tierra, un tinto oloroso, profundo, que vierte miles de esencias al aire en cuanto roza la copa. Me adelanto levantando mi bebida. Hoy nos hemos reunido por algo. El momento está próximo.
—Por las buenas decisiones.
—Por un resultado esperanzador —añade Mel.
—Por el regreso de los ideales —interviene Victoria.
—Por la marcha de los sinvergüenzas. Que se vayan de una puñetera vez —afirma Eva exaltada.
—Por el cambio necesario —apunta Patricia.
—En definitiva, por un futuro que nos merecemos —digo zanjando el brindis.
Por fin me llevo el magnífico líquido a los labios y todas las esperanzas se entremezclan en el paladar como en el caldero de un alquimista. Leo en los ojos de mis amigas la confianza en una vida mejor que está a punto de llegar.
Todo depende de cada decisión, de cada voto.
Es tiempo de pensar. Es tiempo de actuar.

Creemos un momento histórico.

lunes, 4 de agosto de 2014

El sabor agridulce de la espera

Decisiones. La vida está llena de ellas. Nos empujan, nos frenan, nos desvelan. Si tan solo hubiera un camino sería mucho más sencillo… y nuestra existencia carecería de sabor.
Resulta curioso, pero las dos mujeres que me acompañan tienen la mirada verde como el mar. Una me zambulle en la sensualidad esmeralda de las olas cuando alcanzan a besar la arena blanca. La otra me arrastra a las simas profundas donde el Mediterráneo esconde sus secretos. Dos matices, dos formas dispares de sentir. Pero comparten mucho más que eso. Las dos se plantean qué camino tomar: la certeza del regreso añorado o la aventura de un futuro por descubrir.
—Buenas noches, Patricia ¿Ya conoces a Victoria?

—Eva me había hablado de ella, pero no había tenido el placer hasta esta noche. Hemos estado charlando mientras te esperábamos.
—No sé si sabéis que tenéis mucho en común…
—¿Tú crees? —dice Victoria lanzándome un gesto cargado de curiosidad.
—Después de vuestras respectivas vivencias creo que las dos os estáis planteando la posibilidad de un retorno.
—¿Tú quieres volver a Eterna? —pregunta Victoria, girándose hacia su recién adquirida amiga.
—La cuestión no es si quiero o no quiero. La cuestión es que tengo que volver.
—Oh.
Victoria me mira con los ojos entornados.
—¿Qué has hecho? —me espeta, dulcificando su acusación con una sonrisa malévola.
—Con el tiempo se verá —contesto en tono misterioso.
—¿Y tú, vas a volver a…? —comienza a decir Patricia, pero no tengo más remedio que cortarla.
—Si te dejo continuar desvelarías demasiadas cosas, lo siento.
—Sí, es cierto… ¿pero lo harías? —interpela a su compañera. Parece tener verdadero interés en saber su respuesta.
—Es una pregunta muy difícil de contestar. Hay demasiados sentimientos involucrados.

El verde forestal que tinta el iris de Victoria se vuelve tan oscuro como sus pensamientos. Lo entenderéis todo en cuanto os perdáis entre las páginas de Mis noches en el Ideal Room.

miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Volver?

Desde el suelo del Beso de Luna asciende el calor por los tobillos como una pitón asfixiante. Hace tanto que no llueve… El sol se ha cebado en las flores rezagadas de tal forma que un perfume dulzón impregna el aire; es entonces cuando, anegado el cerebro, la sangre se encabrita y los instintos se vuelven primitivos. Tengo dos fuertes personalidades ante mí y no sé a cuál de ellas considerar más fiera, más indómita, bajo esta suerte de primavera que viene a demoler las mansas intenciones.
Eva ha llegado directamente del bufete, por lo que el único relajo que se permite es desabrochar un botón más de la camisa que compone su formal indumentaria. Constituye toda una revelación su escote bronceado, prometedor, mientras se recuesta sobre los almohadones a la espera de soltar esa lengua viperina de la que hace gala. Paladea despacio el vino que sostiene en una mano y, de tanto en tanto, posa su mirada prepotente en la mujer que tiene al lado.
Patricia, por el contrario, observa concentrada el borde de su copa, sopesando quizás qué respuesta dar a la cuestión que todas planteamos de un tiempo a esta parte. Sus ojos van cambiando del verde esmeralda a un tono forestal que delata hondas emociones. La pregunta es obvia.
—¿Has pensado qué vas a hacer? —le digo en voz baja con el fin de no presionarla.
Ella vuelve hacia mí sus ojos intimidadores durante un instante.
—No lo sé —contesta casi con desesperación.
—¡Puf! —bufa Eva sin disimulo.
—¿Tú lo tendrías claro? —pregunto a nuestra rebelde amiga común.
Ella se pasa la mano por el flequillo para echarlo hacia atrás y me clava su mirada impertinente antes de responder.
—¡Por supuesto! Yo me alejaría de ese lugar como de la peste. 
—Tú no sabes de lo que estamos hablando —se defiende Patricia.
—¡Líbreme el infierno! —suelta la morena volviendo a llevar el cristal a sus labios.
—¿Capto cierto rencor…? —la provoco.
—El pasado está enterrado, ya lo sabes —me espeta echando chispas por los ojos.
—Ya.
—Sí, aquello ya lo hablamos en su día. No hay nada que añadir, nada ha quedado en el tintero—corrobora Patricia.
—Si vosotras lo decís…
—El problema no es ese. Ya sabes lo radical que es Eva, nunca otorga el menor resquicio a la duda. O blanco o negro.
—Tu reciente “aventurita” te ha dejado más que tocada. No sé cómo te planteas volver a enfrentarte a lo mismo. Ve a terapia.
—No necesito terapia. Lo que necesito es…
De repente guarda silencio y se frota la cara con ambas manos, como queriendo arrancarse la idea que le ronda por la mente.
—¿Iduna? —me atrevo a sugerir.
Eva me mira con el entrecejo fruncido, intentando descifrar lo que acabo de decir. Pero, para mi sorpresa, no abre la boca.

Flotando entre nosotras queda el nombre que Patricia no osa pronunciar en voz alta desde hace mucho, mucho tiempo.

sábado, 8 de marzo de 2014

Ser mujer

Desde el reservado se ve el mar, esa gran presencia que forma parte de nuestras vidas aunque lo sintamos lejos. Observo la espuma que estalla en el preciso momento en que la cresta de la ola roza la arena. Y luego se la lleva, la mece, la acuna, la acaricia, la dispersa. Entonces tengo claro que se trata de un rito femenino, sensual, antiguo; un juego entre el agua y la tierra en el que dejan participar al viento, el gran cómplice. La mar. A partir de ahora es la mar.
Vuelvo la cabeza y veo que todos los ojos están posados en ella, como si yo las hubiera arrastrado hasta allí con la mirada. Y sé que durante esa contemplación están meditando lo que les he pedido, que nos cuenten su propia percepción del hecho de ser mujer. Sabéis que ellas siempre me responden.
 Al cabo de unos minutos, Mel, Carla, Eva, María, Patricia, Sara y Álex se ponen a escribir en un trocito de papel y luego lo introducen doblado en un cuenco que guardo como un tesoro entre mis manos. Yo hago mi propia aportación, por supuesto.
Inspiro hondo, saturándome del salitre que impregna el aire, doy un sorbo a mi copa de vino y comienzo a leer en voz alta los mensajes.

Soy mujer y soy fuerte, capaz de dar protección y seguridad.
Soy mujer y creo vida.
Soy mujer y soy digna, susceptible de admiración y respeto.
Soy mujer y soy sabia, doy soluciones para vivir, para crecer.
Soy mujer y soy tierna, puedo hacer sentir el amor a través de cada poro.
Soy mujer y soy conciliadora, detesto la violencia.
Soy mujer y soy sensible, soy capaz de captar las cosas más sutiles.
Soy mujer y soy inconformista, trabajo para que el mundo cambie.


FELIZ DÍA

domingo, 2 de febrero de 2014

La daga fenicia: el viaje

Aquel día hacía un viento gélido que se metía bajo la piel para quedarse. Me acomodé en el asiento del copiloto del Mustang y ella arrancó como si le fuera la vida en ello. Por el retrovisor vi alejarse como un suspiro la entrada del Beso de Luna y contemplé por el rabillo del ojo cómo su melena caoba volaba hacia atrás por la tracción. Iduna no era mujer de muchas palabras; accionó el ipod y dejo que Tracy Chapman se encargase de llenar los silencios. Desde luego, no dudó en traspasar todos los límites de la velocidad permitida. En su descarga puedo alegar que en aquel momento el camino estaba prácticamente desierto, por lo que en poco más de una hora alcanzamos nuestro destino. Solo diré que a cualquier otra persona le hubiera costado el doble. No obstante, decidí dejarme llevar sin abrir la boca. No era tiempo de vacilar, precisaba ver con mis propios ojos lo que iba a mostrarme.
—Vamos —dijo saliendo al frío de la noche.
Fui tras ella apretando los brazos contra mis costados, aunque podía notar que el helor traspasaba mi abrigo. Mientras Iduna abría el maletero y sacaba un par de mochilas pequeñas, elevé la vista y me enfrenté de golpe con los tejados inclinados, el yeso rojizo, los balcones de madera, las rejas de forja y, por encima de todo aquello, el olor dulzón de la madera quemándose en los hogares. Estábamos en Albarracín. Me condujo hasta la entrada de una casa de tres plantas, cerca de la plaza Mayor. En cuanto la traspasamos, se dio la vuelta hacia mí y extrajo una cazadora acolchada de su bolsa.
—Quítate el abrigo y ponte esto.
Le obedecí sin rechistar y ella abrió la puerta de la primera planta para dejar mi gabán sobre una silla, en lo que parecía el salón de una vivienda rústica. A continuación me indicó que la siguiera y descendimos un tramo de escalones hasta el sótano.

Así comenzó el viaje que fue alimentando La daga fenicia. El resto, ya es historia…

sábado, 4 de enero de 2014

La daga fenicia: el inicio.

Me coge de la mano y sé que desde ese preciso instante mi voluntad queda anulada. No tira de mí exactamente, es más bien un cosquilleo en la palma lo que me obliga a ir tras sus pasos, con los dedos cosidos a los suyos, la piel en perfecta simbiosis. Desconocía que el Beso de Luna tuviera aquella parte escondida, oculta a ojos profanos, a la que ella me acaba de conducir. Me siento incapaz de reconocer si el espacio es de dimensiones enormes o reducidas, tal es la oscuridad que reina en el lugar. Ella susurra con voz profunda y vibrante “cierra los ojos” y yo me estremezco sin comprender la necesidad de aquel gesto, pues parpadeo sin éxito para librarme de la negrura que me rodea. No obstante, Iduna insiste.
—Cierra los ojos y abre la mente. Confía en mí.
Como si pudiera hacer nada distinto, me digo, sonriendo por dentro con el fin de desprenderme del temor que ha ido naciendo en una parte rebelde de mi cabeza. Ella lo sabe, estoy segura, y en ese momento aumenta la ligera presión en mis dedos. La minúscula acción me lleva sin remedio a obedecer y es entonces cuando la siento dentro de mi cerebro derramando imágenes que contemplo con los párpados caídos y los poros abiertos. Uno tras otro van desfilando sus secretos por mi alma dejándola acolchada, caliente, madura y hambrienta. Tras unos segundos, noto un leve impulso que me conduce de nuevo al Beso de Luna que conozco, al olor de los velones y el salitre, al suave compás de la música, a la luz acogedora de sus pérgolas.
Me suelta la mano y observo mi reflejo en aquellos ojos grises moteados de misterio. Un soplo de brisa retira su melena caoba hacia atrás, dejando la serenidad de la comprensión al descubierto.

Este encuentro que os narro ocurrió hace un tiempo que, aunque no muy distante, a veces siento lejano, como si varios siglos me separaran del inicio. Ella me incitó a contar su historia, aunque siempre quedarán en lo más profundo de mi mente algunos secretos que me reservo y acuno como un tesoro. Si os adentráis en La daga fenicia conoceréis aquello que me fue permitido transmitir. En vuestra mano está descubrirlo. Espero que el hallazgo otorgue una perspectiva especial al nuevo año que disfrutamos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La daga fenicia o el vértigo


“Sometimes I feel I’ve got to, run away I’ve got to, get away…” La voz de Karen Souza con su sensual versión de Tainted Love aletarga el ritmo de mis pasos, provocando un sonido hueco y perezoso contra el empedrado del Beso de Luna. Al final del sendero, junto a la pérgola más apartada, descubro a una belleza de rasgos exóticos —mezcla de la sangre caliente de india cherokee e indonesio— que me observa con mirada analítica mientras se lleva una bebida a los labios.
—Siento la tardanza —le digo acercándome para besarla en la mejilla. Ella se inclina con el fin de facilitar un contacto que, debido a su elevada estatura, no es tarea fácil.
—No te preocupes, este ambiente es agradable y solo llevo unos minutos esperando.
—Veo que has pedido un vino excelente —comento, señalando con un gesto la botella alojada junto a una copa vacía que, sin duda, está deseando ser utilizada.
Al tiempo que me sirvo un poco del líquido oscuro y aromático, Hebe —que así se llama mi acompañante de esta noche— se recuesta en la hamaca entre mullidos cojines. Me observa despacio desde unos ojos oscuros como una sima; unos ojos que encierran enigmas indescifrables.
—Intuyo que hoy te apetece hablar del riesgo —me dice sonriendo levemente.
Contemplo el par de piernas larguísimas que tengo ante mí y me digo que, efectivamente, el riesgo debe de convivir segundo a segundo con ese cuerpo de curvas poderosas.
—En realidad de lo que quiero hablar es de tu pasión por ese riesgo.
—Qué quieres que te diga —se ríe—, la adrenalina es una de las drogas que más ansía mi cerebro y eso lleva aparejado ciertos peligros. Bueno, la adrenalina y ese otro ingrediente que ya conoces…
—Por supuesto —afirmo, llevándome también el vino a los labios. La madera y las especias de aquel caldo excelente me invaden el paladar insuflando placer a cada una de mis células. Cierro los ojos y un sonido de goce involuntario se escapa de mi garganta. Ella inclina la cabeza y se relame con una expresión que no me atrevo a transmitir.
—Sé que más de una persona habrá disfrutado del vértigo que encierra La daga fenicia —declara con voz algo ronca, como si un recuerdo se hubiera asomado de improviso a su mente.
—No me cabe la menor duda, solo tienes que escuchar los comentarios que surgieron en nuestro encuentro en Valencia. ¿Quieres ver el video? —la provoco.
Sin esperar su respuesta, me acomodo junto a ella, obligándola a centrar su atención en la pantalla del ipad que extraigo de mi bolso.
Y vosotrxs, ¿os apetece echar un vistazo al encuentro del pasado 15 de noviembre? Salieron a la luz muchas cosas. Abrid el vino…