martes, 4 de noviembre de 2014

¿Entramos en el Ideal Room?

“En esos momentos sentí la extraña paz del que lo tiene todo perdido, así que abrí aquella puerta sin importarme lo que encontraría detrás. Me sorprendió la penumbra interior, ya que por el local se extendía una cortina densa de humo que tamizaba todavía más la escasa iluminación. Todo el mundo estaba fumando. Noté que me ahogaba. Ya no estaba acostumbrada a eso. Llegó hasta mí con nitidez el rumor de conversaciones enardecidas. Cuando mis ojos y mis pulmones se adaptaron, avancé sobre el damero de baldosines blancos y negros del suelo. El sitio parecía mucho más grande de lo que era en realidad debido al efecto de los espejos que vestían las paredes. Los ventiladores del techo fracasaban estrepitosamente en su labor de dar un poco de frescor al ambiente y disipar la nube de tabaco consumido; no tuve más remedio que habituarme a aquel aire denso. En torno a los veladores de mármol lechoso se arremolinaban individuos que parecían tener las ideas y los ánimos encendidos.”

—¿De verdad lo tenías todo perdido, Victoria?
—En cierto modo, sí.
—¿En cierto modo?
—Bueno, se me ofrecía la oportunidad de una vida nueva.
—¿Y la aprovechaste?
—De una forma inimaginable.
—Me alegra oírlo.
No obstante, descubro en su mirada una nostalgia infinita, el destello de un dolor que pretende ocultar.
—¿Recuerdos?
—Miles —contesta, centrando su atención en el vaso que tiene delante.
Esta noche, por fin, el viento nos trae la fría caricia del otoño. Yo saboreo el vino que baila en mi copa. Ella ha preferido el vodka. Dice que le calienta la memoria, le permite no olvidar.
—En ocasiones la vida te obliga a elegir. No se puede tener todo —sugiero.
Victoria levanta la cabeza, me mira a los ojos y sonríe con malicia.
—¿Eso crees?

Mis noches en el Ideal Room está cada vez más cerca.

martes, 7 de octubre de 2014

Daniela

Invitarla esta noche al Beso de Luna ha sido una experiencia inolvidable. Y no solo para mí. Daniela lo absorbe todo como una niña que acaba de abrirse al mundo. Desde el momento en que ha traspasado la entrada del local, sus ojos color avellana se han convertido en dos llamas que devuelven el reflejo de la luz de los velones. Se ha puesto el escueto vestido color berenjena que le he proporcionado y la veo caminar algo insegura sobre sus zapatos nuevos. Tienen el tacón un poco más alto y estrecho que los que suele llevar. Pero no protesta. Yo sé que se siente guapa. Extraña, pero guapa. La melena le cae por encima de los hombros y se ha aplicado carmín en los labios, de un color rojo oscuro, casi granate.
—¿Te gusta? —le pregunto, al ver cómo contempla el entorno.
Ella recorre con gesto hambriento cada detalle del jardín: las pérgolas con sus lienzos blancos, los almohadones, los candeleros encendidos, el movimiento reposado de las personas que disfrutan del pub. La luna nos vigila. Y la música. Sentada ahora en nuestro reservado, escucha la canción que está sonando con un velo melancólico, doloroso, en la expresión. James Arthur grita su lamento Impossible en nuestros oídos. A mi invitada se le empañan los ojos y aprieta los párpados con fuerza. Dos lágrimas indiscretas han caído ya sobre su regazo.
—Todo es como imaginaba. Como ella me contó.
Ya no esconde la añoranza.
—¿La echas de menos?
Se lleva los dedos a los labios como apretando las palabras hacia dentro. No puedo soportar su agonía. Señalo con la cabeza hacia el sendero del jardín. Una segunda invitada avanza hacia nosotras. Siento los latidos de Daniela en mis sienes. Se pone en pie para correr hacia lo que considera un espejismo. A un metro de distancia, se detiene. Casi puedo visualizar la reverberación del calor que salta de un cuerpo hacia el otro. Las miradas encendidas adelantan lo que los labios quieren expresar a mordiscos. Me incomoda ser testigo de su erupción, así que me marcho silenciosa para perderme en el sonido de las olas que desean al Beso de Luna sin jamás tocarlo. Un anhelo imperecedero.

Mis noches en el Ideal Room está creciendo.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Sufrí


Sufrí. Lo confieso. Sufrí muchísimo cuando comencé a escribir Mis noches en el Ideal Room. Hoy estoy sola en el Beso de Luna. Necesitaba el aislamiento para pensar profundamente sobre ello, tomar distancia. Y también para poder contároslo. Miro hacia el mar, que con el ocaso va mutando hacia un azul grisáceo, casi plateado. Salir de la esfera de comodidad que supone estar rodeada de personajes que viven conmigo desde hace tiempo, que tienen unos perfiles definidos, que respiran por sí mismos, no ha sido fácil. Ellos reclamaban mi atención, me gritaban en los momentos más inoportunos, querían hacerme partícipe de sus deseos, de sus miedos, de sus dudas. Y yo les comprendo. Les comprendo tanto que me duele infinitamente abandonarlos en ese limbo en el que se recluyen cuando no les cojo de la mano.
No sabéis los monstruos que he tenido que vencer para poder crear a Victoria y al resto de integrantes de mi nueva novela. Patricia no me dejaba pensar. Se había instalado en un rinconcito de mi mente y me recriminaba que la hubiera dejado sola, herida, inmersa en la duda tras la última experiencia. Iduna se me aparecía por las noches imponiéndome su magnífica presencia, sonriendo con sorna ante mi cara de fastidio, utilizando sus poderosas artes para hacerme volver a Eterna. Por suerte, Mel se sentaba a mi lado cada vez que agarraba mi taza de café y me miraba compasiva. Me hablaba al oído aconsejándome que me liberara de ellas, me prometía que siempre estarían esperando.
Así que le hice caso.
Frase a frase, letra a letra, Victoria fue apoderándose de mi vida, al igual que otros personajes de los que aún no puedo hablaros. Tan solo espero que encuentren un sitio en vuestra alma el mismo día que vean la luz, el mismo día que Mis noches en el Ideal Room caiga en vuestras manos. Todavía no sé cómo ni cuándo se producirá su alumbramiento, pero a buen seguro, nacerá.


Ya no puedo distinguir las olas aunque sí oír el arrullo que me adormece sobre los cojines. Me llevo la copa a los labios. He decidido relajarme. Sé que mis chicas no me abandonarán. Desearía que vosotrxs tampoco.

lunes, 4 de agosto de 2014

El sabor agridulce de la espera

Decisiones. La vida está llena de ellas. Nos empujan, nos frenan, nos desvelan. Si tan solo hubiera un camino sería mucho más sencillo… y nuestra existencia carecería de sabor.
Resulta curioso, pero las dos mujeres que me acompañan tienen la mirada verde como el mar. Una me zambulle en la sensualidad esmeralda de las olas cuando alcanzan a besar la arena blanca. La otra me arrastra a las simas profundas donde el Mediterráneo esconde sus secretos. Dos matices, dos formas dispares de sentir. Pero comparten mucho más que eso. Las dos se plantean qué camino tomar: la certeza del regreso añorado o la aventura de un futuro por descubrir.
—Buenas noches, Patricia ¿Ya conoces a Victoria?

—Eva me había hablado de ella, pero no había tenido el placer hasta esta noche. Hemos estado charlando mientras te esperábamos.
—No sé si sabéis que tenéis mucho en común…
—¿Tú crees? —dice Victoria lanzándome un gesto cargado de curiosidad.
—Después de vuestras respectivas vivencias creo que las dos os estáis planteando la posibilidad de un retorno.
—¿Tú quieres volver a Eterna? —pregunta Victoria, girándose hacia su recién adquirida amiga.
—La cuestión no es si quiero o no quiero. La cuestión es que tengo que volver.
—Oh.
Victoria me mira con los ojos entornados.
—¿Qué has hecho? —me espeta, dulcificando su acusación con una sonrisa malévola.
—Con el tiempo se verá —contesto en tono misterioso.
—¿Y tú, vas a volver a…? —comienza a decir Patricia, pero no tengo más remedio que cortarla.
—Si te dejo continuar desvelarías demasiadas cosas, lo siento.
—Sí, es cierto… ¿pero lo harías? —interpela a su compañera. Parece tener verdadero interés en saber su respuesta.
—Es una pregunta muy difícil de contestar. Hay demasiados sentimientos involucrados.

El verde forestal que tinta el iris de Victoria se vuelve tan oscuro como sus pensamientos. Lo entenderéis todo en cuanto os perdáis entre las páginas de Mis noches en el Ideal Room.

lunes, 7 de julio de 2014

Cruce de caminos


El bochorno es de tal calibre que estoy a punto de agarrar mi copa de cóctel y pasear el cristal helado por la parte más sensible de mi cuello. Teniendo en cuenta quién me acompaña esta noche, deduzco que no me libraría de un comentario subido de tono, así que aguardo con estoicismo a que me alcance un soplo de brisa marina. Eva me observa con las piernas cruzadas y ese aire de desfachatez innata que las mujeres adoran. María, a su lado, es el contrapunto perfecto. De mirada serena y complaciente, espera a la que está por llegar con su positivismo habitual. 
No han transcurrido ni dos minutos cuando la veo aparecer por el sendero empedrado que conduce a nuestro rincón. Los velones que bordean el trayecto arrojan sombras traviesas al ritmo de sus pasos.
—No sabes las ganas que tenía de conocerte. Yo soy María —dice levantándose en el acto en cuanto la ve aproximarse a la mesa.
Victoria se contagia de su sonrisa y la besa en ambas mejillas. Eva se pone en pié sin muchas ganas.
—Yo me llamo Eva.
—Victoria —contesta, besándola también. Acto seguido, se sienta a su lado.
—Bienvenida al club —comenta Eva con un tono no exento de sarcasmo.
—¿Pretendes asustarla? —le suelto, lanzándole una mirada socarrona.
—Ni se me ocurre. Imagino que ya sabe dónde se ha metido.
—Eres de lo que no hay —interviene María dándole un pequeño empujón—. Estoy segura de que ha vivido cosas apasionantes en Mis noches en el Ideal Room.
—Sí, no me cabe la menor duda —replica Eva con un brillo malicioso en la mirada.
—En todo caso, dejemos que sea ella la que nos cuente su experiencia —propongo, girándome hacia la recién llegada.
—Si no os importa, me gustaría beber algo primero.
—Por supuesto —le digo. Levanto una mano y hago una señal a la camarera más próxima. La chica se acerca dispuesta.
—Vodka —pide Victoria sin pestañear.
Eva emite un silbido.
—Me trae buenos recuerdos —alega Victoria, ofreciendo a Eva su sonrisa más enigmática.
—Recuerdos unidos a un vaso de vodka… Acabas de atrapar mi interés —confiesa Eva mirándola con ojos provocadores.
—Déjala hablar. Me muero por conocer su historia —señala María.
En breves segundos la joven camarera deposita la bebida delante de nuestra nueva amiga y esta le da un buen trago. Ni un solo gesto denota que el fuerte brebaje ha atravesado su garganta. Eva enarca una ceja.
—Bien, todo empezó un quince de mayo… —comienza a relatar.

Yo me echo hacia atrás en el asiento. Mi mente vuela inexorable hacia el Ideal Room.

martes, 10 de junio de 2014

Victoria

Recuerdo que, nada más verla, pensé que le faltaban horas de sueño. Los ojos de color verde pardo de aquella mujer que rondaba los cuarenta estaban enmarcados por unas sutiles ojeras que no parecían circunstanciales. Me dijo su nombre: Victoria. Íbamos caminando por la línea de números impares de la calle de la Paz, codo con codo, huyendo de las prisas. Mientras escuchaba su historia, mi mirada fluctuaba de su rostro a la cámara analógica que llevaba colgada al cuello. La funda de piel marrón pendía abierta dejando a la vista su pequeño tesoro, una Leica de los años treinta. Cuando se detuvo de repente, presté atención al brillo súbito que apareció en sus pupilas. Estábamos en la confluencia con la calle Comedias. Victoria contemplaba la fachada acristalada de un bajo comercial. Grandes carteles —que tapaban prácticamente la superficie de los ventanales— ofrecían aquel sitio en alquiler para la apertura de un nuevo negocio. Pegué mi cara al vidrio y atisbé como pude el interior desmantelado. Por lo que yo recordaba, allí hubo durante años una tienda de lencería. La crisis debía de habérsela llevado por delante. Miré con curiosidad a la fotógrafa sin comprender el origen de su emoción.
—Aquí estaba el Ideal Room—me reveló.
Por su tono, deduje que me estaba hablando de uno de los lugares más sagrados que había conocido.
Yo observé de nuevo el local vacío y, en silencio, volví la cara hacia ella a la espera de que continuara.
—Era un café. Durante la guerra civil pasaron por él intelectuales, artistas, periodistas, revolucionarios… Podríamos decir que acogió las tertulias más interesantes de la retaguardia.
—Qué interesante. Imagino que muy poca gente sabrá de su existencia.
—No quedarán muchas personas vivas que lo recuerden. Ahí adentro han ocurrido tantas cosas…
Aguijoneada por la mirada de ensoñación de Victoria, la convencí para ir a un lugar más tranquilo con el fin de que me relatara lo que parecía ocupar un espacio importante en su vida.

El Beso de Luna nos ofreció el refugio que necesitábamos. Yo sabía que aquel aire cargado de mar era capaz de desatar las confidencias más difíciles. Aquella tarde descubrí a lo que se refería cuando comenzó a hablar de Mis noches en el Ideal Room.

miércoles, 7 de mayo de 2014

¿Volver?

Desde el suelo del Beso de Luna asciende el calor por los tobillos como una pitón asfixiante. Hace tanto que no llueve… El sol se ha cebado en las flores rezagadas de tal forma que un perfume dulzón impregna el aire; es entonces cuando, anegado el cerebro, la sangre se encabrita y los instintos se vuelven primitivos. Tengo dos fuertes personalidades ante mí y no sé a cuál de ellas considerar más fiera, más indómita, bajo esta suerte de primavera que viene a demoler las mansas intenciones.
Eva ha llegado directamente del bufete, por lo que el único relajo que se permite es desabrochar un botón más de la camisa que compone su formal indumentaria. Constituye toda una revelación su escote bronceado, prometedor, mientras se recuesta sobre los almohadones a la espera de soltar esa lengua viperina de la que hace gala. Paladea despacio el vino que sostiene en una mano y, de tanto en tanto, posa su mirada prepotente en la mujer que tiene al lado.
Patricia, por el contrario, observa concentrada el borde de su copa, sopesando quizás qué respuesta dar a la cuestión que todas planteamos de un tiempo a esta parte. Sus ojos van cambiando del verde esmeralda a un tono forestal que delata hondas emociones. La pregunta es obvia.
—¿Has pensado qué vas a hacer? —le digo en voz baja con el fin de no presionarla.
Ella vuelve hacia mí sus ojos intimidadores durante un instante.
—No lo sé —contesta casi con desesperación.
—¡Puf! —bufa Eva sin disimulo.
—¿Tú lo tendrías claro? —pregunto a nuestra rebelde amiga común.
Ella se pasa la mano por el flequillo para echarlo hacia atrás y me clava su mirada impertinente antes de responder.
—¡Por supuesto! Yo me alejaría de ese lugar como de la peste. 
—Tú no sabes de lo que estamos hablando —se defiende Patricia.
—¡Líbreme el infierno! —suelta la morena volviendo a llevar el cristal a sus labios.
—¿Capto cierto rencor…? —la provoco.
—El pasado está enterrado, ya lo sabes —me espeta echando chispas por los ojos.
—Ya.
—Sí, aquello ya lo hablamos en su día. No hay nada que añadir, nada ha quedado en el tintero—corrobora Patricia.
—Si vosotras lo decís…
—El problema no es ese. Ya sabes lo radical que es Eva, nunca otorga el menor resquicio a la duda. O blanco o negro.
—Tu reciente “aventurita” te ha dejado más que tocada. No sé cómo te planteas volver a enfrentarte a lo mismo. Ve a terapia.
—No necesito terapia. Lo que necesito es…
De repente guarda silencio y se frota la cara con ambas manos, como queriendo arrancarse la idea que le ronda por la mente.
—¿Iduna? —me atrevo a sugerir.
Eva me mira con el entrecejo fruncido, intentando descifrar lo que acabo de decir. Pero, para mi sorpresa, no abre la boca.

Flotando entre nosotras queda el nombre que Patricia no osa pronunciar en voz alta desde hace mucho, mucho tiempo.