sábado, 4 de enero de 2014

La daga fenicia: el inicio.

Me coge de la mano y sé que desde ese preciso instante mi voluntad queda anulada. No tira de mí exactamente, es más bien un cosquilleo en la palma lo que me obliga a ir tras sus pasos, con los dedos cosidos a los suyos, la piel en perfecta simbiosis. Desconocía que el Beso de Luna tuviera aquella parte escondida, oculta a ojos profanos, a la que ella me acaba de conducir. Me siento incapaz de reconocer si el espacio es de dimensiones enormes o reducidas, tal es la oscuridad que reina en el lugar. Ella susurra con voz profunda y vibrante “cierra los ojos” y yo me estremezco sin comprender la necesidad de aquel gesto, pues parpadeo sin éxito para librarme de la negrura que me rodea. No obstante, Iduna insiste.
—Cierra los ojos y abre la mente. Confía en mí.
Como si pudiera hacer nada distinto, me digo, sonriendo por dentro con el fin de desprenderme del temor que ha ido naciendo en una parte rebelde de mi cabeza. Ella lo sabe, estoy segura, y en ese momento aumenta la ligera presión en mis dedos. La minúscula acción me lleva sin remedio a obedecer y es entonces cuando la siento dentro de mi cerebro derramando imágenes que contemplo con los párpados caídos y los poros abiertos. Uno tras otro van desfilando sus secretos por mi alma dejándola acolchada, caliente, madura y hambrienta. Tras unos segundos, noto un leve impulso que me conduce de nuevo al Beso de Luna que conozco, al olor de los velones y el salitre, al suave compás de la música, a la luz acogedora de sus pérgolas.
Me suelta la mano y observo mi reflejo en aquellos ojos grises moteados de misterio. Un soplo de brisa retira su melena caoba hacia atrás, dejando la serenidad de la comprensión al descubierto.

Este encuentro que os narro ocurrió hace un tiempo que, aunque no muy distante, a veces siento lejano, como si varios siglos me separaran del inicio. Ella me incitó a contar su historia, aunque siempre quedarán en lo más profundo de mi mente algunos secretos que me reservo y acuno como un tesoro. Si os adentráis en La daga fenicia conoceréis aquello que me fue permitido transmitir. En vuestra mano está descubrirlo. Espero que el hallazgo otorgue una perspectiva especial al nuevo año que disfrutamos.

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La daga fenicia o el vértigo


“Sometimes I feel I’ve got to, run away I’ve got to, get away…” La voz de Karen Souza con su sensual versión de Tainted Love aletarga el ritmo de mis pasos, provocando un sonido hueco y perezoso contra el empedrado del Beso de Luna. Al final del sendero, junto a la pérgola más apartada, descubro a una belleza de rasgos exóticos —mezcla de la sangre caliente de india cherokee e indonesio— que me observa con mirada analítica mientras se lleva una bebida a los labios.
—Siento la tardanza —le digo acercándome para besarla en la mejilla. Ella se inclina con el fin de facilitar un contacto que, debido a su elevada estatura, no es tarea fácil.
—No te preocupes, este ambiente es agradable y solo llevo unos minutos esperando.
—Veo que has pedido un vino excelente —comento, señalando con un gesto la botella alojada junto a una copa vacía que, sin duda, está deseando ser utilizada.
Al tiempo que me sirvo un poco del líquido oscuro y aromático, Hebe —que así se llama mi acompañante de esta noche— se recuesta en la hamaca entre mullidos cojines. Me observa despacio desde unos ojos oscuros como una sima; unos ojos que encierran enigmas indescifrables.
—Intuyo que hoy te apetece hablar del riesgo —me dice sonriendo levemente.
Contemplo el par de piernas larguísimas que tengo ante mí y me digo que, efectivamente, el riesgo debe de convivir segundo a segundo con ese cuerpo de curvas poderosas.
—En realidad de lo que quiero hablar es de tu pasión por ese riesgo.
—Qué quieres que te diga —se ríe—, la adrenalina es una de las drogas que más ansía mi cerebro y eso lleva aparejado ciertos peligros. Bueno, la adrenalina y ese otro ingrediente que ya conoces…
—Por supuesto —afirmo, llevándome también el vino a los labios. La madera y las especias de aquel caldo excelente me invaden el paladar insuflando placer a cada una de mis células. Cierro los ojos y un sonido de goce involuntario se escapa de mi garganta. Ella inclina la cabeza y se relame con una expresión que no me atrevo a transmitir.
—Sé que más de una persona habrá disfrutado del vértigo que encierra La daga fenicia —declara con voz algo ronca, como si un recuerdo se hubiera asomado de improviso a su mente.
—No me cabe la menor duda, solo tienes que escuchar los comentarios que surgieron en nuestro encuentro en Valencia. ¿Quieres ver el video? —la provoco.
Sin esperar su respuesta, me acomodo junto a ella, obligándola a centrar su atención en la pantalla del ipad que extraigo de mi bolso.
Y vosotrxs, ¿os apetece echar un vistazo al encuentro del pasado 15 de noviembre? Salieron a la luz muchas cosas. Abrid el vino…

jueves, 28 de noviembre de 2013

Reflexiones tras La daga fenicia


Hoy el viento brama, preñando el aire de partículas húmedas que erosionan los rostros y enredan las palabras. Armadas con sendas copas de vino, Patricia y yo afrontamos el reto caminando junto al borde de la balaustrada que separa el Beso de Luna de un paseo marítimo desnudo, irreconocible.
—Cuando el mar se encabrita es difícil sustraerse a su embrujo, ¿verdad? —grito para hacerme oír por encima del estallido de las olas.
Ella, abrazando con fuerza la gabardina que estira un poco más su alto porte hacia un cielo manchado de luces diminutas, derrama la mirada en la playa y se regala unos segundos antes de responder.
—Cuando ruge así me dice muchas cosas.
—¿Vas a revelarme alguna de ellas? —sugiero, obligándola a centrar su atención en mí.
No soy capaz de atrapar los matices que bailan en esos dos círculos cautivadores: el verde de las aguas que se pierden en abismos insondables, el gris plateado del astro que destapa nuestras noches, el ocre de las hojas rendidas al otoño.
—¿Qué quieres que te diga?
—Si has tomado una decisión —contesto, haciendo un esfuerzo para huir de sus ojos.
—Dímelo tú, seguro que ya lo sabes. Siempre lo haces.
—Me importa tu opinión. Es lo único que cuenta.
—¿Hace falta que lo haga en este momento?
—No. Tenemos tiempo, aunque nuestrxs lectorxs ya conocen de qué estamos hablando y esperan…
—Vamos dentro, hace frío.
Abandonando la imagen hipnótica de aquel Mediterráneo enfurecido, sincronizamos nuestros pasos hacia el reservado más próximo. Dentro de un cubo acristalado, un pequeño círculo de llamas irradia olas de calor convirtiendo aquel rincón del jardín en un lugar cálido, envolvente. Solo cuando nos hemos acomodado entre los cojines Patricia vuelve a retomar la conversación.
—No es nada fácil lo que me preguntas —dice con voz grave tras paladear el último sorbo de vino.

—Lo sé perfectamente. Te ayudaré a tomar tu decisión.
—Como siempre.
Una sonrisa equívoca nace en la comisura de sus labios, aunque su voz deja traslucir las brumas internas que ambas conocemos.
—Sabes, esta última aventura ha dejado a tus fans con ganas de más. De mucho más —comento suavemente.
—Me alegro por ti. Estoy segura de que les concederás lo que ansían —afirma con cierto destello en la mirada que no me atrevo a interpretar.
—El mérito será vuestro, sin duda.
Ella me observa en silencio, meditando quizás una respuesta adecuada. Robándole la oportunidad de una réplica, continúo.
—Quiero que veas lo que ocurrió en Barcelona cuando fuimos a contar nuestra común aventura. Traigo el vídeo —le digo, mostrándole la pantalla del ipad que llevo conmigo.

También vosotrxs podéis asomaros…

domingo, 27 de octubre de 2013

Alejandra y La daga fenicia


Contemplo embelesada ese par de faros que son sus ojos oscuros, limpios, sin duda heredados de Carla y de su abuela. No puedo ignorar que su mirada inocente encierra mucha sabiduría. Ella sabe cosas que los demás ni siquiera nos atrevemos a intuir. Sentada sobre las rodillas de Mel, no deja de observarme mientras sorbe con fruición un batido de fresa.
—Cuando habéis entrado se ha armado un buen revuelo en El Beso de Luna —digo mirando a Carla, acomodada junto a ellas.

—Sí, todas las chicas se han acercado a besarla —responde con la cara iluminada de ternura. Sus ojos muestran un brillo especial y le otorgan un plus de belleza.
Y es que eso es lo que rezuma de nosotrxs cuando la tenemos cerca: ternura. Alejandra, con poco más de tres años, nos ha robado el corazón desde que se dio a conocer en el vientre de su madre.
—¡Por cierto, qué nervios! —exclama Mel.
—Desde luego. La última aventura, La daga fenicia, está ya en la calle y es hora de saber qué piensan nuestrxs lectorxs. ¿Cómo os encontráis vosotras después de todo lo que ha ocurrido?
—Ha sido una experiencia muy desconcertante. De hecho, todavía nos hacemos multitud de preguntas —interviene Carla.
—Hubiéramos querido conocer a fondo cada detalle pero, como siempre, te has reservado los secretos más interesantes. Aunque tú tienes las riendas y lo entiendo —me acusa Mel con una sonrisa socarrona.
Nuestra amiga de ojos ambarinos intenta provocarme sabiendo que el juego me estimula. Sin embargo, yo evito caer en su trampa.
—Os lo contaría todo si pudiera, pero debo protegeros.
—¿Hasta cuándo viviremos en esa incertidumbre?
—No lo sé. Puede que algún día no muy lejano lo sepáis todo. Me lo estoy planteando.
—Nos gustaría —replica Carla. Su mirada hiere como la propia daga.
—Lo comprendo. ¿Vais a venir a Barcelona conmigo?
—Por supuesto. Ya hemos reservado el hotel. Vamos todos. No nos perderíamos la entrega de ese premio por nada del mundo.
—Lo cierto es que vais a todas partes conmigo y me encanta.
—No te librarás de nosotras tan fácilmente —señala Mel, guiñándome un ojo con un gesto muy seductor.
—Ni lo intentaría —respondo con una sonrisa cómplice.
En ese preciso momento, la niña se escapa de los brazos de su madre para acercarse a mí y susurrarme algo al oído.
—No te preocupes, esta aventura les va a encantar —me dice con esa vocecita que invita a estrecharla contra el pecho. Y eso hago.
Ojalá la percepción extraordinaria de este ángel enviado para engatusarnos sea la correcta. Hasta ahora nunca ha fallado. Pronto lo sabremos.


martes, 24 de septiembre de 2013

La daga fenicia llega con olor a lluvia


Con el codo apoyado sobre el brazo de la chaise longue, mi mano sujeta a duras penas la copa de vino que acaban de servir bajo la pérgola que nos cobija. Algo me está soliviantando por dentro de tal forma que se me hace difícil ocultar mi turbación a la mujer que comparte conmigo este breve espacio. No sé si es el aroma acre de la tierra que ha dejado tras de sí la reciente llovizna; o tal vez el perfume almizclado del velón que preside nuestra mesa, cuya llama dibuja un balanceo de sombras al compás de la brisa otoñal; o quizás es el olor envolvente de la diosa de pelo cobrizo y ojos indescriptibles que se sienta frente a mí; una esencia que provoca fiebre en las sienes, ardor en el vientre y una suerte de niebla enajenante en el campo de visión.
—¿Lo sientes, verdad? —pregunta con una vibración grave en la voz.
Me endulzo el paladar con otro sorbo antes de responder.
—¿Qué es?
—El influjo de la daga.
—¿La has…?
—La llevo encima.
Enmudezco, incapaz de hacer nada distinto a respirar con dificultad y advertir las palpitaciones en mi garganta. Contemplo cómo se lleva la mano al interior de la chaqueta y extrae algo de lo que ya no puedo apartar mis pupilas. Luminoso, intrigante, peligrosamente seductor, único.
—Cógela.
Mis dedos se niegan a colaborar, indecisos ante la presencia intimidante de aquel objeto sagrado, bellísimo. Sin embargo no puedo hacer otra cosa que sobreponerme y alargar el brazo para asirlo con exquisito mimo, como si fuera a desintegrarse ante el roce profano de mis yemas.
—¿Notas su embrujo?

Me reservo el íntimo sentimiento que me embarga, aunque tengo que deciros que nunca volveré a ser la misma.  Muy pronto lo comprenderéis…

sábado, 24 de agosto de 2013

Últimas huellas en la arena

Ya el esplendor del verano se va escurriendo entre los dedos, aunque pretendamos retenerlo con furia alargando hasta lo imposible el recuerdo del salitre en las fosas nasales, de los destellos argentinos del agua cuando la luna baja a acariciarla, del sabor amargo y placentero de la espuma que se derrama al llevarnos a la boca el primer sorbo de cerveza.
¿Tienes frío? —pregunto a Carla.
Una ráfaga de brisa marina le ha lanzado un mechón largo de la melena sobre el rostro. En el instante en que ella vuelve a retirar el obstáculo que me impedía ver su mirada subyugadora, he percibido la reacción eréctil del vello de sus brazos. Mel se acerca de inmediato y le prende la mano, cubriéndola de amor como si de una manta protectora se tratara.
—¿Quieres que vaya a por una chaqueta?
—No hace falta, en serio, ha sido solo un escalofrío.
—El verano se apaga…—acierto a decir, embelesada con el cruce de miradas de la pareja. Ámbar sobre avellana.
Lucho por no dejarme arrastrar por la melancolía de los días luminosos, de la deliciosa pereza que nos amarra a las sábanas, de esa dejadez que nos impulsa a remolonear en cueros por toda la casa.
—…pero es el momento de los planes, de retomar un futuro próximo que nos va a dar muchas satisfacciones —continúo.
—Es verdad, se acerca un otoño lleno de promesas —dice Carla apretando la mano que sujeta.
—Cierto —sonríe Mel, y el espacio bajo la pérgola que nos cobija parece iluminarse de repente—, queda ya muy poco para que nuestra última aventura salga a la luz. Estoy segura de que a la gente le va a encantar.
—Ojalá tengas razón. Tú eres siempre muy optimista —le contesto sonriendo.
—Esta vez puede permitirse serlo —interviene Carla, con esa firmeza heredada de su madre que conozco tan bien—. Al menos viene avalada por un gran premio. Para mí es un honor inmenso formar parte de La daga fenicia.
—A pesar de…—comienzo a decir, pero ella me interrumpe.
—A pesar de todo lo que nos haces pasar, sí —culmina, hiriéndome con la gravedad de sus ojos.
—Bueno, ella no tiene toda la culpa…—instiga Mel, perversa.
—No empecemos…

De improviso siento que desaparezco, expulsada de la burbuja que construyen con tan solo un gesto. Carla se aproxima y roza los labios de su pareja, con la intención inicial de un beso leve, conciliador, pero Mel la retiene lo suficiente como para hacer que olvide la compostura y se pierda dentro de su boca. Me levanto y camino despacio hacia el borde del muro que separa el Beso de Luna de la playa. No creo que me echen de menos. Por el momento…

jueves, 25 de julio de 2013

Entre las olas

Hoy el Beso de Luna nos mira desde el fondo. De algún dispositivo cercano surge la voz sensual de Tracy Chapman cantando Happy: “..should be happy to be loved, happy to be...”. Incorporada sobre un codo, utilizo mi mano como visera con el fin de admirar la deliciosa estampa de Patricia zambulléndose en el mar; un mar que hoy nos estimula con su mejor color esmeralda. Grandes gotas de sudor me resbalan por la piel bajo el castigo de un sol demoledor, que incide oblicuo y sin compasión en esta tarde tórrida de julio.
No muy lejos, Eva emprende una pequeña carrera, como una niña mala con aviesas intenciones. Sin duda alguna, adivino cuál es su objetivo; con un fuerte impulso enlaza a María por la cintura para hundirse con ella en el agua cristalina. Fran desvía un instante la libidinosa atención que estaba dedicando a los músculos cincelados de Iván, para sonreír ante la ocurrencia alocada de su amiga.
Por el rabillo del ojo descubro, a unos metros a mi izquierda, el gesto cargado de promesas de Carla hacia Mel, paseando la yema del dedo índice por el labio superior de su compañera, que yace en la toalla boca arriba a escasos milímetros de su silueta. Casi puedo vislumbrar el vapor surgiendo de los dos cuerpos atrapados en su íntima burbuja de placer. Para corroborar mi apreciación, la pareja no tarda ni un segundo en levantarse y correr cogidas de la mano hacia el mar.
No puedo dejar de fijarme en el grupo de mujeres hacia el cual va nadando Patricia. Las cuatro juegan como adolescentes sin prejuicios. Una de ellas está enfrascada en una lucha por derribar a la otra y hacerla caer al agua, encaramadas a los hombros de las otras dos jóvenes que las sujetan con una fuerza nada convencional.
Todos los seres a mi alrededor se entregan con deleite a este tiempo sin prisa, al lujo de unas horas que parecen transcurrir a cámara lenta, sabedores de que, en cuanto el verano abandone sus vidas, la experiencia de La daga fenicia les arrastrará fuera del anonimato.
Gozad del calor, del alivio del mar, del salitre, de la pereza sensual que acompaña a los días estivales. Yo también me voy a permitir el consuelo de estas aguas cálidas del Mediterráneo.
En un tiempo muy breve La daga fenicia acelerará el pulso en vuestras venas.


*La daga fenicia, que será publicada en otoño por la Editorial Egales, ha sido galardonada con el Premio Fundación Arena de narrativa LGTB (anterior Terenci Moix) en su VIII Edición.